lunes, 23 de noviembre de 2015

Defender La Tristeza-Martín Echevarría



Esta mañana, en la ducha, una idea me bajó desde la nuca como una melaza helada: defender la tristeza.

Un piedrazo al ajedrez de las sombras.

Todo el sistema de consumo y construcción de sentido en el que vivimos chapoteando, te unta permanentemente los ojos por dentro con imágenes de “gente feliz”. Las muecas patéticas en los afiches de cuanto producto, candidato, banco, detergente o lo que sea, dan un gran mensaje de fondo: somos felices, podemos consumir.

Hasta los perros sonríen en las publicidades. Y nadie por sí sólo, o como integrante de algún grupo de cualquier cosa, puede elevar tanto y tanto tiempo la voz con un mismo mensaje. La hermandad de los inventores del consumo tiene un gran poder comunicacional, que va mucho más allá del fin utilitario, puntual, de vendernos su jabón.

El otro metamensaje del gran hermano es el miedo. Están matando a alguien todo el tiempo en los noticieros. Alguien no aparece hace seis días. Alguien que importe, claro, o que dé rating. A otro famoso le robaron un reloj. Pusieron otra bomba en el Metro de Santiago. Parece que no era ébola, pero sí. O viceversa. Pasa una semana, un mes, un año, dos, tres… Nada cambia, o algo cambia para que nada cambie. Miedo y consumo. Miedo a no poder consumir. Miedo del miedo mismo, que nos consume. Apago esa tele, lo más hondo que puedo. ¡Clic!

Pero, en el canal abierto de la real realidad, la gente habla más de los dramas de otros, los de la televisión, que de su propia realidad. Es que parece que cuesta mucho más ser pensada o aún sentida. O “sentipensada” como dice el compañero Galeano.

Y, si no están los otros, los negadores: Hola, ¿“todo bien”? Sí, todo bien. La casa, los chicos, todo bien! Todo bien, obvio. ¿Vos? Todo bien.

A veces sospecho que este es el mardefondo de la vida de millones, en los países detergentes, perdón, “emergentes”, que es lo mismo, pero más ideológicamente elegante, que decir lo países sumergidos.

Lo que más bronca me da de todo esto, es la deslegitimación de los sentimientos verdaderos que uno tenga ganas de sentir. ¡Que mi tristeza no vale!

Estos sentimientos discriminados, ninguneados, cuando no ridiculizados o estereotipados en los medios de comunicación, van poniendo un límite a lo que “se puede” expresar en los distintos ámbitos cotidianos.

Además, los sentimientos son consumidos y pasan de moda. El pudor por ejemplo. ¡¿Dónde quedó el pudor?! Una antigualla absurda frente al exhibicionismo masivo en las redes sociales y los medios.

Era lindo cuando había pudor. Con su misterio, su dignidad, su consideración por el otro.

Algo parecido está empezando a pasar con la tristeza, la están desapareciendo. Silenciándola con pastillas de apagar estrellas. Corriendo de ella con actividades sudorosas que nos llevan al reino de las endorfinas y la dopamina.

¿Pero qué será del mundo si desaparecen la tristeza? ¿Qué sentiremos después del dolor?, o ¿tampoco nos dejarán el dolor? Porque los motivos para sentir estas cosas, además de estar vivos, no parecen que vayan a cambiar súbitamente. Las desigualdades fratricidas, la degradación del ambiente, las distintas formas de esclavitud moderna y la violencia que todo esto genera; son cosas reales para sentir.

Tristeza, no-te-tenemos-miedo

Pero el asunto es que, solamente transitando estas calles del dolor, la tristeza, el desamor; podemos generar sus anticuerpos. La resiliencia, esta capacidad de convivir y superponernos al dolor, no se consigue escapando de él en pantalones cortos por verdes praderas, o pintando sobre su pared húmeda con una pasta de olvido y tierra. ¿Podemos ser destruidos en el intento? Sí, claro. Pero también estamos siendo cocinados en este caldo espeso de intereses ajenos que nos aletarga el sentir. Que nos mutila humanidad.

Defendamos pues la tristeza, mejor es aprender a convivir con ella. Seguro será mejor maestra, seguro le dará un sentido más real a la vida. Esto no es regodearnos en ella, pero si reivindicar el derecho a sentir. Sin este derecho ejercido apasionadamente, ¿qué sería de la poesía, de los poetas, de los lectores?

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