martes, 15 de diciembre de 2015

La Lengua - Angeles Mastretta



Al terminar el ajetreado año de 1991 Catalina me preguntó una tarde:

-¿Mami de dónde sale la lengua?

Tenía en los ojos las alas de un pájaro ávido y extendía su risa con la certidumbre de que yo sabría contestarle. A veces sus intrépidos siete años confían en mí como yo en la sabiduría de los boleros, entonces me avergüenza su entrega y quisiera yo tener respuestas para todo, como los boleros.

-¿La lengua? -pregunté moviendo la mía para ver si así podía yo sentir desde dónde me la jalaban, a qué precisa parte de mi garganta, mi faringe, mi corazón, mi estómago, mis piernas, mis talones, estaba sujeta la tira de carne inquieta y suave que tantas dichas provoca.

-¿La lengua? No sé.

Cuando bostezo la lengua me sale de un cansancio que hace meses acarreo de un lado para otro y que tal vez sea la edad y ya no vaya a desaparecer jamás. Puedo dormir cinco horas o siete, nueve y hasta diez un día de suerte, pero la lengua que meneo mientras bostezo, me sale de un cansancio que no sé cuando empezó a quedarse entre mis huesos.

Cuando toso la lengua me sale de un catarro constipado por el que nunca guardé cama y que sigue paseándose conmigo. De tanto acompañarme ha perdido el pudor y ya no pide disculpas, ni siquiera piensa que al pasear va contagiando parroquianos con la misma desvergüenza de aquella que anidaba en quienes me la contagiaron.

Cuando converso la lengua me sale de herencia. Mi padre era un gran conversador, mi madre es una conversadora agazapada que le tiene miedo a su lengua porque sabe que es una lengua memoriosa y fatal que cuando se suelta puede poner sobre la mesa historias de horror y barbarie que todo el mundo ha pretendido olvidar en la ciudad que habita. Mi abuelo tenía una lengua exacta como navaja y alegre como una victoria. Recordaba lo necesario cuando era necesario y olvidaba lo desagradable cuando era innecesario. Mi tía Alicia sólo necesitaba mirar de reojo para describir con fervor y precisión desde los ojos hasta las medias flojas de una señora a la que no había visto jamás, a su lengua le gustaba tanto conversar que en el velorio de un señor que había muerto de modo inesperado y horrible se dio a la tarea de llenar el incómodo silencio que provoca la cercanía de un muerto ajeno y tras hablar toda la noche se despidió de la viuda diciéndole:

-Señora, muchas gracias, estuvimos muy contentos.

Pero también la lengua conversadora es de contagio y uno siempre anda buscando con quien compartirla: la lengua de mi amiga Lilia Rossbach no le da tiempo ni de respirar entre asunto y asunto. En general mis amigas son de lengua conversadora, hablar con ellas es siempre un entrenamiento y al mismo tiempo una permanente olimpiada, la que obedece la voluntad de tregua que una lengua pide de vez en cuando, pierde irremediablemente su oportunidad de sacarse del entrepecho los disgustos, pesares y júbilos que le aprietan.

Algunas lenguas son mejores por teléfono, se esmeran porque en esas conversaciones todo depende de ellas, la gente no puede ayudarse con las manos, los ojos, la boca fruncida o los hombros levantados para decir nada. Así que las lenguas, dejadas a su único arbitrio, se desatan y trajinan con más libertad que nunca.

A veces la lengua sale del silencio. Entonces dice unas cosas en vez de otras y acompaña nuestros labios en la risa que debía ser mutismo. Esas veces, la pobre lengua anochece llena de mordidas.

No siempre acierta la lengua, tiene razón la señora Soto cuando nos dice a mí y a su hija María: hablen menos, así meten menos la pata.

El día que nos duele, la lengua sale del corazón y el día que nos libera, sale del estómago. Algunas veces la lengua cree salir del cerebro, pero casi siempre se equivoca al creerlo. Puede ser que la lengua salga de las orejas, pero también es fácil que venga desde las rodillas, por eso es difícil hablar estando hincado. A lo mejor la lengua sale del sitio mismo que guarda los deseos, por eso besamos con ella, por eso ella se queda con el vivo recuerdo del cobijo que otra le dio entre juegos.

Cuando canta, Pavarotti enseña una lengua blanca, corta y gorda sin la que no podrían existir los sonidos con los que nos toca cuando dice “Parlami d’amore Mariu”. Su lengua debe ser un hongo mágico y se ve tan fea porque algo de toda esa perfección tenía que ser feo para que toda esa perfección fuera posible. La lengua de Pavarotti sale de un bosque y nos asusta.

No hay duda que la lengua tiene alianza con los ojos, por eso hablamos con la mirada, por eso arde la lengua cuando no podemos decir lo que vemos, y arden los ojos cuando nuestra lengua dice por fin las cosas que se ha callado mucho tiempo.

Sin duda la lengua tiene sus queveres con la risa, y el llanto la tiene atada a sus designios. La lengua sale de una cueva oscura, sale de un lago quieto, de dos montañas entre las que no cupo, de un mar que nos la entrega y se la lleva según les va gustando a sus mareas. La lengua es una llama, es un hielo, un pedazo de tierra, un pez atado a nuestra fortuna, un pez enfurecido que algún designio raro no sacó por completo del agua, por eso se debate en la humedad de nuestras bocas y a veces está viva como dentro del río y a veces tiene sed y se muere como cualquier pez a la intemperie.

La lengua es el deseo de una oración, la respuesta a una oración, el consuelo de los que no pueden orar. La lengua sale de mil partes. Su procedencia no depende de nuestra voluntad o nuestro arbitrio. La lengua imagina, recuerda, acaricia, detesta, la lengua es lo más vivo que tenemos y sale de donde mejor le parece y según cree que la ocasión amerita.

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